Hubo una Reina de Paz

El capítulo comienza en el bosque de las tierras oneidas, donde ocurre un duelo y es que, un ágil guerrero oneida empuña su arco y flecha y le dispara con fuerza a un ciervo, el cual cae al suelo. Pero al mismo tiempo otro guerrero de la tribu onondaga empuña si arco y flecha también y le dispara al ciervo, pero ésta solo lo roza y el ciervo ensangrentado cae al suelo, a lo que los dos guerreros comienzan a pelear por la presa, batallan con fuerza por unos instantes pero al acabarse sus fuerzas el oneida le dijo: ¡Valiente  onondaga!, ¿crees que vale la pena que los dos muramos por un ciervo? ¿acaso no hay suficiente carne por tus cercados como para matarse por un siervo?, por lo que el guerrero onondaga respondió: Tienes razón, mejor vamos y busquemos a la Reina de la Paz para que ella nos ayude, sin embargo ella escuchó esto desde su cabaña y gritó: ¡Paz!, no permito que que estos predios sean violados por la violencia, así que entrenen y cuénteme el caso, por lo que cuando terminaron de contarle el caso dijo: ¡Qué vergüenza!, ya mismo peleador onondaga parte al animales a la mitad y lleva tu parte a tu familia, pero el onondaga se sintió humillado y le dijo: Preciosa Reina de la Paz, mi mujer pertenece ya al mundo de los espíritus, me casaría con alguien como tú que has flechado mi corazón, y el guerrero onedia le dijo algo parecido pues se había enamorado locamente de ella, pero ella les dijo que siguieran y tomarán su parte y partieran de aquel lugar, pero ella se había enamorado de aquel oneida guapo, pasado el invierno vio un pajarito comiendo un gusano, lo que llamó su atención, y al voltear la mirada vió el rostro del hombre de sus sueños y él le dijo: Querida Reina de la paz, has sido justa al evitar una tragedia con mi contendor y separarnos, pero desde que te conocí no he tenido paz, pues has invadido mi corazón, así que te entrego el mío. La Reina de la Paz no resistió y se embarcó en una canoa con su amado y dice la leyenda que fueron muy felices pero las tribus que le habían otorgado tal cargo tuvieron que suprimir el cargo pues no podían confiar el cargo en nadie. la guerra continuó pues ya no había nadie que pudiera retenerla

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